Los últimos tres años estuve tratando, sin conseguirlo, de esquivar a esa tirana llamada coyuntura al momento de escribir mi columna. Esperaba, sin éxito, un periodo de calma para ocuparme de la academia, de la teoría o, finalmente, de la inigualable paella que cocina Julio Aliaga. Pero no ha habido ni Navidad ni Semana Santa en las que uno pueda hacerlo. Así de intensa estuvo la arremetida del denominado “proceso de cambio”.
Por fortuna y gracias al Ministro de Gobierno, hoy se me presenta la oportunidad y no voy a desperdiciarla. Digo esto porque el tema del que todo el país habla es el Soft Air, un juego de simulación militar. Como la opinión sobre deportes no es mi fuerte, paso a lo que generosamente se me brinda: volver a las fuentes.
Vamos pues a aproximarnos al socialismo democrático —la corriente ideológica a la que me adscribo y profeso— con la plena conciencia de saber que el primer concepto no goza de la simpatía general, menos aún con el mal uso que se hace del mismo. Tal vez el empleo del sinónimo “socialdemocracia” ayude a superar algún prejuicio. Es que la, enhorabuena, orientación a la izquierda que se produce en la región nos lleva a las interrogantes: ¿Qué izquierda? ¿la democrática —en clave reformista— o la no democrática —en clave revolucionaria? O dicho a la manera de Bobbio, ¿Qué socialismo? y expuesto en la contratapa del libro de manera sintética: “Las duras réplicas de la Historia han demostrado que hasta ahora ningún sistema democrático ha llegado al socialismo, y ningún sistema socialista está gobernado democráticamente. Pese a todo, hay quien sigue creyendo que la democracia sin socialismo y el socialismo sin democracia son, respectivamente, una democracia y un socialismo imperfectos”.
Democracia es verbo, no sustantivo. Es el reino de la libertad; su tiempo es el de la reforma —lento pero sostenido— y su motor es el conflicto políticamente regulado. La no democracia niega la libertad; su tiempo es el de la revolución —violento e inmutable— y su motor es la violencia —“partera de la historia”, según sus promotores—. Es adjetivo.
Bien entendido, el concepto de socialismo no debiera causar escozor. El propio mundo empresarial ha desarrollado la idea de “responsabilidad social”. El capitalismo salvaje no va más. Pero tampoco el mundo de la administración estatal se puede gestionar sin la aplicación de atributos caros a la libre empresa: eficiencia, competitividad, innovación…
Fernando Mires, en su esclarecedor texto Socialismo nacional versus democracia social, nos ayuda a volver a las fuentes: “En su origen, el socialismo estaba estrechamente ligado a la democracia. Fue, en sus comienzos, un intento de radicalización de la democracia sobre la base de un proyecto de ‘democracia social’ que pretendía articular libertad política con bienestar económico. No fue concebido como un nuevo modo de producción, sino como la profundización de la democracia de origen liberal”.
Hechas estas consideraciones, no resulta difícil distinguir a regímenes que han decidido eliminar la libertad del seno de sus sociedades a cuenta de un socialismo burdo, de los que se inclinan hacia la democracia social, garante de los derechos y libertades ciudadanos. Lamentablemente, hay gente que, por cobardía, es vulnerable a contraer el síndrome de sumisión a tiranías “democráticas” impuestas por los beati possidentes, como diría Savater.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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Como parte de un ritual de servicio al país, la Fundación Milenio presentó en un almuerzo-trabajo su Informe Económico de la Gestión 2008. Se trata de un documento que informa, analiza y consigna también críticas acerca del comportamiento y el manejo oficial de la economía nacional
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Con demasiada frecuencia los enamorados de Thánatos quieren dejar testimonio de su martirio, de la entrega de su dolor como ofrenda, de su muerte como testimonio. Así se comprende cómo Eduardo Rozsa decidiera grabar una entrevista que de hecho fue el mejor presente que podría hacerle a su supuesto enemigo.
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